miércoles, 29 de junio de 2016

Lo que le falta a la paz de Santos

Secretario general del Partido Comunista Colombiano, Jaime Caycedo
Semanario Voz

El secretario general del Partido Comunista Colombiano, Jaime Caycedo, analiza los votos que hicieron posible la reelección de Juan Manuel Santos, la necesidad de reformas democráticas que estructuren una paz estable y el álgido tema que inicia su discusión en La Habana: las víctimas.



En entrevista con VOZ, Caycedo resalta los retos de independencia del frente amplio y la necesidad de hacerlo girar a la izquierda.


–¿Cuál es la primera lectura que se le puede hacer a la elección de Juan Manuel Santos, en los pasados comicios presidenciales?

–El presidente elegido tiene una mayoría que no es frágil, pero es evidente que la ultraderecha sacó un monto importante de votos y pone a pensar en cuál será la perspectiva para el futuro inmediato y el gobierno que se viene. De lo no puede sacar pecho Santos es tener en su mano un cheque en blanco porque ganó gracias a los votos de la izquierda. Si la diferencia entre Santos y Zuluaga hubiese sido mayor a dos millones de votos se podría asegurar que el aporte de la izquierda pudo haber sido residual, pero en este caso la izquierda fue decisiva y eso tiene que ser claro en el diseño de la política social y la política de paz de este nuevo gobierno.


–Es claro entonces que el voto por Santos fue por la solución política al conflicto y no por su visión de Estado.


–Es la valoración de lo que representó nuestro voto: la solución política como salida y, desde luego, el diálogo como fórmula. Pero es evidente que solo ese hecho no es suficiente, pues el diseño del proceso de paz que se viene adelantando en La Habana tiene en la actitud del gobierno Santos un flagrante desconocimiento de las necesarias reformas democráticas, políticas y sociales para el país. Y esos son elementos que en este momento resultan ser obstáculos para alcanzar la paz.


–La paz fue un plebiscito pero el gobierno Santos no ha pasado el examen en ese tema.

–El proceso de paz ha recibido un espaldarazo. Es un hecho positivo que el pueblo colombiano haya acogido esa vía. Pero el proceso de paz requiere ingredientes nuevos. Nosotros hemos venido insistiendo en que se debe disminuir la concepción de la guerra como política dominante del Estado. El presupuesto más alto es el de la guerra, entonces no nos vengan a decir que con ese presupuesto de guerra se hace la paz; la paz no se hace con un aparato militar gigantesco que asusta los países vecinos. Se necesita voluntad real del gobierno Santos.


–¿Hay mucho trecho entre la paz de Santos y la paz con cambios?


–La movilización, los paros, las protestas no son un punto adjetivo, no es un asunto al margen de la paz. El apoyo con votos para el presidente implica que los temas agrarios, la desprivatización de la salud, la solución de la educación privatizada y la inminente reforma laboral son exigencias que nacen desde el movimiento popular y obligan a ser vinculantes en el tema de paz. El gobierno debe entender que esos asuntos hacen parte de las reformas para la paz con justicia social, de lo contrario la paz no se aclimatará en Colombia, nada pasará si no se resuelven los grandes desequilibrios del país.


–¿Los millones de votos quieren decir que paz sí, pero el modelo Santos no?


–Es una paradoja de este gobierno. Santos recibe respaldo para avanzar en un proceso de solución política pero no es para su modelo económico y social y menos para el diseño actual del establecimiento colombiano. Ese sistema político está en crisis y no lo quiere reconocer el presidente reelecto. Su propuesta de suprimir la reelección es un problema antagónico, eso no toca los temas de fondo para una apertura democrática. Por ejemplo: hay que modificar el sistema electoral, la ley 1475, mediante la cual se prohíben en Colombia las coaliciones de fuerzas alternativas para constituir nuevas mayorías en el país, con el pretexto de la doble militancia.


–¿El nuevo gobierno permitirá unos mínimos para la oposición?


–En la antidemocracia del sistema político se carece hasta de un estatuto para la oposición desde hace dos décadas, pero en este caso tampoco es un estatuto para la derecha de Álvaro Uribe Vélez, que hoy tiene presencia en el Estado. El uribismo hace parte del gobierno, en regiones del país son la burocracia que ha hecho posible los siete millones de votos de Óscar Iván Zuluaga, eso no es simpatía por él. El santismo y el uribismo son parte del mismo Estado.



Nosotros somos oposición democrática distinta de la ultraderecha y por eso requerimos unos mínimos: no más exclusión, ni genocidios. Se debe ampliar la esfera política y democrática para incluir no solo a la izquierda domesticada, sino también la izquierda revolucionaria que esta acá y la que puede venir. Toda la izquierda.


–A propósito de la unidad y la izquierda, ¿qué papel asume el Frente Amplio?


–Nosotros no hemos querido establecer una caracterización taxativa de esta iniciativa que ha venido tomando fuerza para una paz con cambios, libertades y soberanía. El Frente Amplio está generando en la izquierda nuevos reagrupamientos, nuevas visiones y aproximaciones que a juicio nuestro son positivas. Pero el gobierno ha querido cooptar ese Frente desde antes de las elecciones. Por eso rechazamos que el Frente se confunda con una estructura de gobierno bajo la dirección de Juan Manuel Santos y su modelo de guerra y neoliberalismo.


Por eso creemos que esa iniciativa de unidad debe asumir su independencia para actuar en favor de una solución política que se diferencie de la idea de paz que pregona el gobierno: la paz exprés, sin compromisos ni cambios, el silencio de los tiros sin cambios profundos en la sociedad, sin alentar una batalla de ideas contra el fascismo incorporado en la cotidianidad de los conciudadanos. Y menos una paz en favor de ese gran capital transnacional que busca un nuevo espacio para negocios.


–El tema del fascismo resurgió en cabeza del uribismo. ¿Ese puede ser otro reto para el Frente Amplio?

–Sí, eso es lo que llamamos la construcción de la posguerra. Necesitamos crear las condiciones de cambio que permitan romper las amarras ideológicas del narcoparamilitarismo, del anticomunismo, de la confrontación del mito del castro-chavismo, que no es más que un invento del uribismo para agitar un fantasma entre los sectores medios del país. Ese es un reto del frente: una cultura de paz, de libertades, de la inclusión. Sin ellos la paz es imposible en Colombia.


–Por último. Se está dando inicio al tema de víctimas en el proceso de conversaciones. ¿Qué opinión tiene al respecto?


–Ese tema es tan incierto como la verdad histórica. Al Partido Comunista no se le ha reconocido en toda su historia, incluso en la reciente de la Unión Patriótica o desde su fundación, el ser víctima. El anticomunismo fue una parte de la doctrina del Estado y naturalmente eso es una carga muy grande. Cuántas víctimas del Partido Comunista existen en Colombia, compañeros muertos en la tortura, asesinados, desaparecidos y hasta ahora nadie sabe nada de ellos y sin ir muy lejos la historia del genocidio de la Unión Patriótica. Esas víctimas deben ser reconocidas.


El anticomunismo debe ser reconocido como causa de violencia contra el pueblo y del exterminio y los genocidios, que debe ser extirpado de la Colombia en paz. Queremos que el gobierno flexibilice su postura ante estos temas, no solo le exija a los insurgentes hacerlo. No se puede seguir culpando a los comunistas de la guerra en Colombia, el informe Basta Ya exonera al Estado de culpas en el conflicto y también libera a los empresarios y la clase dominante de responsabilidades, pero ellos encendieron la guerra.



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