lunes, 8 de febrero de 2016

Un altar para Camilo Torres

Camilo Torres, retrato de Calarcá
Por: Jaime Caycedo Turriago


Si el papa Francisco ha reconocido a monseñor Romero como mártir, en la vía de una canonización, Camilo Torres y su aguerrida abnegación de revolucionario tiene ya un altar en el corazón de los pueblos.



Camilo Torres es una figura que rompe la tranquilidad pastoril de la sumisión religiosa y del papel del sacerdote en una sociedad que aún no se desprendía del autoritarismo medieval y una Iglesia que era parte y a la vez instrumento del poder del capital.


Surge a la vida pública en el momento en que ha comenzado el desgarramiento del orden neocolonial impuesto por EEUU a la América Latina bajo el alineamiento con doctrinas e instituciones justificadas en la contención anticomunista y la inminencia de la amenaza comunista contra la civilización occidental y cristiana. El orden de la “guerra fría”, establecido por el Acta de Chapultepec (1945), la doctrina Truman (1947) y la Novena Conferencia Panamericana de Bogotá (1948), está siendo desafiado entonces por diversas expresiones de rebeldías políticas y sociales. Resultado de ello habían sido los derrocamientos de varios regímenes militares en la región, entre ellos la dictadura de Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela y Fulgencio Batista en Cuba.


Un rasgo de tales rebeldías son los importantes movimientos de la juventud estudiantil que alientan la inconformidad de amplias capas medias y populares de la sociedad. Las oligarquías locales asumen la dirección de las transiciones políticas, con la excepción de Cuba donde el Movimiento 26 de Julio conquista la hegemonía y se convierte en el poder de una fuerza guerrillera victoriosa.


Camilo proviene de una vocación sacerdotal atípica en un medio familiar culto y laico. Se estilaba en los ambientes burgueses y acomodados privilegiar hasta donde fuera posible los estudios de sus hijos en el exterior, en Europa y en Estados Unidos, en menor grado en países latinoamericanos como Argentina, Chile o México. El joven sacerdote se mueve por Norteamérica y Europa.


En Francia y Bélgica, sobre todo en este último país, se integra al quehacer de una doble preocupación, bastante compartida en su generación: cómo prepararse y qué plan de vida ejercitar para el retorno a la patria, pensando en redimir las condiciones extremas de la pobreza urbana, el atraso y la desigualdad rurales; pero también es el momento de las experiencias europeas de los “curas obreros”, ligados a la manifestación y compromiso con lo social.

Capellán de la Universidad Nacional


Nada hay de extraño cuando a su regreso al país fije su mirada en la labor social, las experiencias comunitarias y la extensión universitaria al lado de su oficio como capellán de la Universidad Nacional. Allí lo conocemos, discutiendo con el activismo estudiantil de entonces, sorprendiéndonos con esa imagen descomplicada de maestro y compañero, en tertulias de aguardiente, canto y guitarra, cerca siempre de la reflexión serena y la decisión del proyecto unitario posible.


Camilo aborda la tarea de jugarse en el accionar político en franco desafío a la autoridad eclesiástica que le retira el derecho a su ejercicio sacerdotal. Había tocado puertas de sectores con poder económico y religioso para persuadir al ministro de Guerra de desistir del ataque a la región campesina de Marquetalia. Esa tarea infructuosa quizás había preparado su ánimo para vislumbrar una apertura al diálogo dirigido hacia aquellos conglomerados sociales, corrientes políticas, estudiantes universitarios que imaginaba debían cumplir un papel de compromiso, réplica y pedagogía en dirección al cambio político y social.


El Frente Unido, sus giras, su periódico, marcan su trascendente aunque efímera incursión en la movilización política. Su figura fuera de lo común, su discurso pleno de raciocinios persuasivos, destacan su actuar como caudillo popular que desencadena expectativas y esperanzas a lo largo y ancho del territorio nacional.


Cuando Camilo parte y muere se corta el hilo vital de su aporte como persona y nace como mito en el contexto de las culturas de inspiración revolucionaria. Para la juventud de entonces y la actual, su decisión heroica no puede medirse con el rasero de su desaparición física. La inmensa repercusión de su enseñanza lo ha hecho paradigma precursor de la Teología de la Liberación y de la cuantiosa contribución de millones de católicos al compromiso de izquierda con los pobres del mundo. Los comunistas, que fuimos sus amigos y también discípulos de su enseñanza unitaria, pensamos que su partida fue demasiado temprana.


Su célebre Mensaje a los comunistas es un llamado a la unidad generosa, basada en la convicción y el respeto mutuo. Los enemigos del pueblo a quienes incomodaba su proyecto respiraron con tranquilidad cuando el combatiente cae en el campo de batalla. A casi diez lustros de su sacrificio todo sigue cambiando dentro de la proyección de su ser social intelectual y religioso. Si el papa Francisco ha reconocido a monseñor Romero como mártir, en la vía de una canonización, Camilo Torres y su aguerrida abnegación de revolucionario tiene ya un altar en el corazón de los pueblos.


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