miércoles, 19 de noviembre de 2014

Presencia del Partido Comunista Colombiano en el 16 Encuentro Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros, Guayaquil, Ecuador

16 Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y Obreros,Guayaquil, Ecuador


Intervención del Partido Comunista Colombiano.


Saludamos esta reunión y felicitamos a nuestros hermanos del PC de Ecuador por el esfuerzo y el éxito que su realización demuestra.




Este Encuentro, en su 16 versión, ha despertado expectativas en las militancias y en sectores amigos de los comunistas. Como lo han confirmado los oradores invitados a su instalación el día de ayer, quienes no ahorraron elogios hacia lo que ven como un movimiento comunista llamado a dar luces en medio de las incertidumbres que siembra el desarrollo de la crisis mundial capitalista y de las crecientes – y a veces desconcertantes – expresiones de los inconformismos y de las luchas de clases.


Será difícil explicar que no es posible unificar criterios teóricos y metodológicos para consensuar ideas que permitan sustentar nuestras posiciones alternativas y hacer comprensibles las tácticas diversas que las complejas contradicciones del sistema imponen. Las expectativas de nuestros pueblos y clases revolucionarias son, realmente, la exigencia de que actuemos con responsabilidad. La perspectiva de los EIPCO no puede ser la de una cita ritual cada año para decirnos que no podemos ponernos de acuerdo.


Reafirmamos el apoyo a la expedición de una Declaración unitaria, consensuada en todo lo que sea posible. Si algún sentido tiene este encuentro y el tipo de documento que de aquí salga ese es el de alentar las luchas que de los comunistas y estimular la unidad y la solidaridad a las luchas en que estamos comprometidos.


Colombia busca vencer, por fin, el ciclo del anticomunismo y la exclusión social y política, proclamado como forma y contenido de la organización de la sociedad y el Estado que el imperialismo estadounidense estructuró para América Latina durante más de un tercio del siglo XX. Un orden contrainsurgente se impuso mediante la sangrienta provocación orquestada en la Novena Conferencia Panamericana, de abril de 1948, con el crimen de Jorge Eliécer Gaitán. La violenta represión del “Bogotazo”, el desencadenamiento de la persecución anticomunista y el rompimiento de relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, marcaron un rumbo de alineamiento autoritario, aun no modificado en Colombia, con la doctrina de la seguridad nacional de los Estados Unidos. El plan Colombia y el actual “plan de Consolidación” son los herederos legítimos de ese modelo. Las legislaciones antiterroristas y de seguridad conservan hasta el presente el espíritu de un enemigo interior a exterminar.


Detrás del nuevo colonialismo han medrado para Latinoamérica y en especial para Colombia, los intereses del capitalismo imperialista, todos los privilegios para el saqueo de los recursos naturales, las ventajas comerciales y finalmente el protocolo neoliberal de privatizaciones, restricciones a los derechos laborales, la imposición de los TLC, el despojo campesino, el desplazamiento forzado y la instauración del control paramilitar en la sociedad local. Las transiciones a la democracia en América Latina (años 80 y 90) conservaron las políticas neoliberales hasta los estallidos sociales que rematan el siglo XX.


La Revolución cubana (1959) demostró que ese destino no es una fatalidad sin alternativa y que el modo de dominación imperialista no es eterno. El triunfo electoral de Hugo Chávez Frías (1998) es el inicio de un nuevo ciclo de cambios políticos, de procesos constituyentes de raigambre profundamente popular y con diversos matices en países del continente, que reclama soluciones sociales, transformaciones democráticas postergadas y cuestiona de fondo el modelo imperialista de dominación.


Con el primado de la contrainsurgencia, según el modelo norteamericano de los años cincuenta del siglo XX, Colombia busca transitar de una falsa democracia a un nuevo momento de su historia. Contra ese legítimo anhelo emerge con furia la actividad conspirativa y guerrerista de la ultra derecha para intetar revertir el proceso de paz y alentar la desestabilización de los cambios avanzados en América Latina y el Caribe. Tal proyecto criminal amenaza la paz en la región.


El objetivo principal de más de sesenta años de guerra contrainsurgente en Colombia ha sido el exterminio del movimiento revolucionario, de toda oposición democrática alternativa y la desarticulación del movimiento popular que expresa la lucha social de clases. Se conjuga con la guerra informal y la enorme influencia que tiene el monopolio del gran capital sobre los medios de comunicación y aparatos ideológicos, incluidos sectores importantes de la Academia y la intelectualidad. Pese a la intensificación, el escalamiento de la guerra, la represión y la  tergiversación ideológica contra los movimientos sociales y la izquierda, dicho objetivo ha fracasado. La derrota de la estrategia del exterminio es el resultado de la resistencia revolucionaria y popular, como también de las luchas de todos los contingentes que batallan por la democracia y de la solidaridad y el acompañamiento internacionalistas.


El gobierno de Santos ha entablado dialogo con un movimiento guerrillero no vencido, que demuestra innegable capacidad política y propositiva. La mayor parte de la izquierda y los sectores democráticos votaron pública y abiertamente por la paz, en la segunda vuelta de las pasadas elecciones a la presidencia con una expresa exigencia de continuidad al diálogo y a la solución política. También sentaron su diferencia con el esquema socioeconómico neoliberal, los TLC y la reproducción del proyecto de dominación responsable de la desigualdad, la corrupción y la guerra. La izquierda latinoamericana ha visto claro que la solución política en Colombia conviene a los procesos de cambio del continente. En medio de la contraofensiva de la ultraderecha, los triunfos de la izquierda en El Salvador, Bolivia y Brasil señalan persistencia pero reclaman la profundización y radicalización de las transformaciones en estrecha relación con la unidad popular. El avance hacia la justicia social pone en el orden del día la necesidad del socialismo.


La paz justa y democrática que permita avanzar a la justicia social es el punto de partida para la paz confiable y duradera. Es la base de la convivencia en una sociedad donde van a persistir en lo inmediato las diferencias y las desigualdades, pero donde pueden existir normas justas para el ejercicio de la política con respeto al derecho a la vida, al derecho a la igualdad política para todos, al derecho a los medios de vida, al derecho a disentir, a luchar y a rebelarse contra todo aquello que vulnera la dignidad humana. El pueblo colombiano todo debe intervenir en la modelación del nuevo país en una representativa Asamblea Nacional Constituyente.


La tarea más importante de la hora es alcanzar esa paz ligada a un acuerdo democrático que rompa las amarras con la injusticia, la persecución política, la desigualdad, la miseria y la muerte. No es solo finalización de la guerra. Son todas las garantías para que se cumpla lo pactado, para que los insurgentes puedan actuar en la vida ciudadana sin el temor frente a su integridad y su vida. Un Frente amplio por la paz, la democracia y la justicia social es parte esencial en la estructuración de la unidad del pueblo.


A su vez, es necesaria la unidad de los revolucionarios. Hay que mantener abiertas las puertas y la comunicación, bilateral o multilateral, para explorar las coincidencias programáticas y los proyectos comunes. El más importante debe ser el proyecto democrático nacional de país que se propone para la Colombia democrática, en el contexto de la integración y la unidad latinoamericana y caribeña. Las propuestas programáticas existentes hoy son coincidentes en aspectos cruciales de gran expectativa popular.


Todo lo que se haga para aproximar la acción común es un insumo útil para avanzar, ahora cuando las murallas estructurales que el orden contrainsurgente estableció para dividir al pueblo y aislar sus vertientes revolucionarias, pueden desaparecer. Ello favorece el reencuentro entre hermanos, compañeros y conciudadanos, la exploración conjunta de nuevos caminos de la mano del pueblo y el fortalecimiento de las identidades que han sido el soporte de la resistencia, de la memoria y del renacimiento de la esperanza para la Nueva Colombia.


Jaime Caycedo,

Secretario general del PC Colombiano

Guayaquil, Ecuador, noviembre 13 de 2014

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