miércoles, 9 de abril de 2014

Dos mujeres y un proyecto democrático alternativo

Por: Jaime Caycedo Turriago 
 
El momento político está exigiendo un verdadero redireccionamiento del país. Los gobernantes, atados al designio de reproducir el sistema encuentran que las cuentas no les salen, que según sus balances todo debería ir bien pero la realidad tozuda les muestra otra cosa. A las puertas de alcanzarse un acuerdo de paz el régimen trastabilla entre el continuismo y el reeleccionismo, entre la permanencia de la “seguridad democrática” tecnificada y persecutoria contra la izquierda y la reedición del ambiguo modelo santista que intenta la “paz total” conservando y agravando las desigualdades sociales, refinando los aparatos de guerra e institucionalizando los peores instrumentos del capitalismo salvaje (sostenibilidad fiscal, ley de inteligencia y contrainteligencia, etc).




Que las cosas podrían ir peor no es consuelo. Nada puede eximir al gobierno de Santos del juicio de la opinión sobre su incondicionalidad con la política de clase, su insensibilidad social (aquel “el tal paro agrario no existe”) y su tendencia irreductible a hacer concesiones a la extrema derecha, por ejemplo con la destitución de Petro. Más grave aún. Sus contendores alineados en el campo del continuismo (Zuluaga, Martha Lucía, Peñalosa) son el espejo de sus propias contradicciones, entre la regresión y la incapacidad de aceptar la necesidad de cambios democráticos. Santos parece sentirse cómodo en el nicho que le asigna el imperio como acólito de su política internacional e instrumento de su Alianza del Pacífico. En el marco de la ofensiva de la derecha frente a los duros impactos sociales de la crisis capitalista mundial el régimen colombiano permanece como un cuerpo extraño, atrincherado en su colosal maquinaria de guerra y contención a los cambios avanzados.


Frente a tan temible constructo parecería frágil y desprotegida la pretensión de dos mujeres de desafiar la fortaleza del poder presidencial. La fórmula presidencial Clara –Aída se yergue como la única alternativa enfrentada al poder dominante desde una plataforma de compromiso con la paz, la democracia y la justicia social. El substrato que la soporta es el acercamiento entre fuerzas de la izquierda popular que no renuncian a un profundo sentido crítico al sistema y una comprensión de la necesidad de cambios, con el oído atento a las reclamaciones que emergen de la inconformidad con el status quo, con la injusticia, con la corrupción y el ventajismo de quienes han usado el poder como una herramienta para dotar de privilegios al gran dinero a costa de la más humillante desigualdad social.



El reto de la primera vuelta exige una mirada reflexiva e informada sobre el significado del voto por la Coalición Polo-UP y su fórmula presidencial. Ni la abstención ni el voto en blanco ayudan a conformar la opinión en esta coyuntura crucial. La decisión consciente por el cambio democrático, por la paz con justicia social, por las reforma agraria integral, por la defensa y reestructuración de lo público, por la desprivatización de la salud, la educación, los servicios y el saneamiento básico, por la recuperación plena de los derechos laborales como base de una política pública de empleo, por la soberanía alimentaria y el derecho a la alimentación, marcan la diferencia estratégica con el abanico de los candidatos del que “todo siga igual”.



La unidad necesaria se traduce en acción, en pedagogía, en apoyo activo y militante entre las mujeres, los jóvenes, los estudiantes, los y las trabajadoras, pobladores, campesinos, indígenas y afrocolombianos. A todos ellos convocamos a vencer el miedo al cambio y a las transformaciones irrenunciables. La cultura política de la unidad y el Frente amplio por la paz democrática surgen y se nutren también de la vida, de la acción común, de la experiencia vivida, fraterna, crítica y aleccionadora a la vez.

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