miércoles, 26 de enero de 2011

"Como nací en el Imperio, tenía aún mayor responsabilidad de combatir este Imperio tan voraz"

Entrevista a Ron Ridenour activista revolucionario en EEUU, Nicaragua, El Salvador, Cuba y Dinamarca, sobre su libro Cuba at Sea (Cuba en altamar)

"Como nací en el Imperio, tenía aún mayor responsabilidad de combatir este Imperio tan voraz"

Salvador López Arnal
El Viejo Topo


Ron Ridenour nació en 1939 en, según sus propias palabras, “la tierra del propio diablo”. Es hijo de una familia trabajadora “víctima del sueño americano”. Confrontado con el brutal racismo del Ejército USA cuando formaba parte de sus fuerzas áreas en Japón, rechazó desde entonces el sistema, la cultura y los valores usamericanos. Ron ha recordado que en la primera manifestación a la que asistió se protestaba contra el imperialismo norteamericano, contra la agresión a Cuba (Playa Girón), en frente del Edificio Federal de EEUU en Los Ángeles. Fue el 19 de abril de 1961. Desde entonces, Ron Ridenour ha sido un activista revolucionario en EEUU, Nicaragua, El Salvador, Cuba y Dinamarca. También ha sido periodista en estos y en otros países. Ha trabajado ocho años en Cuba, y ha escrito numerosos artículos para periódicos y revistas, y ha publicado hasta el momento seis libros.

Esta conversación se centra, esencialmente, en su último libro: "Cuba at Sea" (Cuba en altamar), editado en inglés por Socialist Resistance, Londres, 1º de mayo de 2008, 110 páginas. El ensayo ha sido traducido al castellano por el cubano Omar Pérez López pero no ha sido publicado hasta el momento. *

Usted se ha definido en alguna ocasión como “yankee sandinista”. ¿Qué es un yankee sandinista?

Es una persona nacida en Estados Unidos de América que se identifica con los oprimidos y con los que luchaban y luchan por su libertad y por la soberanía en Nicaragua. Es decir, los sandinistas. Son las activistas que, como señalo en el libro que escribí sobre la revolución sandinista, trabajaban con y por la revolución, en la misma Nicaragua, ayudando a que irrumpiera el ‘hombre nuevo’.

Como escribió Ernesto Cardenal sobre mi libro en 1985, cuando era ministro de cultura: “En Nicaragua está aconteciendo un fenómeno extraordinario: mientras el gobierno de Estados Unidos hace una guerra más y más feroz contra nuestro pequeño país, norteamericanos y nicaragüenses se unen y se quieren más”.

En síntesis, un “yankee sandinista” como yo es una persona que se identifica con el himno de la unidad sandinista: “Los hijos de Sandino ni se venden ni se rinden; luchamos contra el yankee, enemigo de la humanidad”.

¿Cómo surgió su interés por Cuba y su revolución?

Llevo en mis huesos el odio hacia algo tan enormemente destructivo para toda vida humana como es el racismo, la brutalidad, la arrogancia arraigada en la cultura yankee y que tanto influye en la mayoría de sus habitantes.

Después de haber estado cuatro años en las Fuerzas Aéreas de EEUU donde aprendí lo horrible que es la mentalidad imperialista en los ocupadores yankees y Japón, y antes, en mi juventud en Brasil, cuando estuve allí con mi padre, soldado del Ejército americano, decidí unirme con los oprimidos. Sentí la responsabilidad y necesidad de ser, simplemente, un ser humano, un ser humano que quiso y quiere ser honesto. Allí se inició mi camino hacia la solidaridad con todos los que sufren por el sistema, por un sistema que aprendí a ver que era el capitalismo, y su mano armada militar-imperialista, que necesita, insaciablemente, conquistar todas las riquezas globales. Comprendí también que, como nací en el Imperio, tenía aún mayor responsabilidad de combatir este Imperio tan voraz.

Cuando me fui de las Fuerzas Aéreas empecé a saber que la revolución cubana había eliminado [oficialmente] todo tipo de racismo; que estaban distribuyendo las tierras, que querían acabar con el sistema económico de enriquecidos y empobrecidos, que todos tenían acceso a la educación y a la sanidad pública y sin pago. ¡Magnífico! Todos los seres humanos, todos sin excepción, deberíamos gozar de esas condiciones. Fue ya entonces cuando yo me enamoré de Cuba.

¿Ha vivido usted en Cuba?, ¿qué años?, ¿en qué condiciones?

Han pasado 27 años de aquella primera manifestación contra el imperialismo cuando los yankees invadieron Playa Girón, en abril de 1961, desde que visité la patria de mi corazón.

Llegué a Cuba por primera vez en 1987 desde Dinamarca, donde entonces vivía. Cuando llegué al aeropuerto vi un cartel enorme que me sedujo para siempre. Dice así: “Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”. Explica muy bien lo que yo sentía en mi interior.

Pasé un tiempo en La Habana, conociendo a muchos de los 27 “dobles agentes” cubanos que se habían infiltrado en la CIA para proteger a su propio país contra sus ataques, y contra los innumerables intentos para asesinar su presidente.
Para mi sorpresa, la editorial “José Martí”, que imprime libros en diferentes idiomas, me pidió trabajar con ellos como consejero editorial y para escribir libros. Acepté con gusto y, no lo oculto, con orgullo. Viví ocho años como un ciudadano cubano, con la tarjeta de racionamiento, con un sueldo cubano que he recibido en su propia moneda, y en un apartamento agradable pero en absoluto de lujo.

¿Sobre qué iba el primer libro que escribió?

Sobre las actividades subversivas de la CIA contra Cuba. No me detengo en ello pero producen terror, horror y rebeldía.
Una pregunta, que sé es demasiado amplia, sobre la que le pido una respuesta breve: ¿qué opinión le merece la política de los gobiernos usamericanos respecto a Cuba?

Son, si me permite, unos “hijos de puta”. Son lo que les toca ser. La política del imperialismo tiene que ser agresiva, de brutal conquistador. Es su naturaleza, la razón de su existencia.

Usted, como antes comentábamos, es autor de Backfire: The CIA´s Biggest Burn (“El tiro por la culata”) una historia, si no ando muy errado, de dobles agentes. ¿Puede hacernos un breve resumen de lo usted cuenta en este ensayo?

La CIA siempre está agradando Cuba y necesita agentes dentro del aparato cubano. Buscan traidores. Pagan bien. A veces tienen éxito, y muchas veces no. Mi libro trata de 26 cubanos y un italiano residente en Cuba que se infiltraban en la CIA y la engañaban. Entregaban al eficiente departamento de seguridad del Ministerio de Interior--uno de los mejores del mundo según la CIA misma—inestimable información importante que evitó mucho daño y muertos en Cuba—pero no todo. Uno de los logros más eficaces y nobles fue cómo la seguridad cubana (MININT) impidió cientos de intentos por parte de la CIA-Mafia-Gusanos de asesinar a Fidel.

Es la historia de varios de estos dobles agentes: cómo estaban reclutados, qué hicieron, cómo vivieron una vida doble, qué costó como seres humanos, cuáles fueron sus logros.

Es un resumen de muchos de los crímenes que practican todos los gobiernos yankees. Y también está el papel que juegan los medios de comunicación de masas a favor del imperio. Es una historia de amor por la patria, de coraje, de honor.

¿Ha escrito usted más libros sobre Cuba?

Sí, he escrito cinco en total. Además del libro del que vamos a hablar aquí, Cuba en Altamar, y de El tiro por la culata, he escrito tres más que tienen que ver con la economía política, en diferentes períodos desde la caída de la URSS.

En alguna ocasión usted ha escrito o hablado sobre lo sucedido con el general Arnaldo Ochoa, con el también general Patricio de la Guardia y con su hermano, el coronel Antonio de la Guardia Font. ¿Creyó, sigue creyendo razonable la forma en que actuó el gobierno cubano y su condena a muerte?

Es necesario tener en cuenta que las cuatro personas condenadas [a la pena de muerte] en 1989 eran militares que traicionaron a Cuba y que pusieron al país en peligro. Eso sí, yo creo que Cuba no debería condenar a nadie a la pena de muerte. No debería usarla nunca más.

También se ha referido usted en alguna ocasión a la dirigencia de Mijail Gorbachov. En su opinión, si no ando errado, Gorbachov no era santo de devoción de la ciudadanía políticamente consciente de Cuba. Se llegó incluso a pensar que era un agente de la CIA y que estaba llevando a la Unión Soviética al desastre. ¿Debo entender con ello que usted no vio ningún elemento positivo en la experiencia de la perestroika? ¿No hubo aquí inicialmente un intento de reforma democrática de orientación socialista, sumado a un intento de mejorar el sistema económico de la URSS que contenía ya en su seno cánceres nada benignos de muy diverso signo?

En mi opinión, los cambios que Gorbachov inició llegaban demasiado tarde para tener un efecto positivo. La perestroika estaba equivocada también porque no puso el poder en ningún momento en manos de los trabajadores. Quiso, además, usar métodos del mercado. La glásnost, que era transparencia, pero también apertura y franqueza, tenía posibilidades de abrir una puerta hacia la democracia. Pero, insisto, llegó demasiado tarde, y con todo aquello irrumpió un camino que conducía abiertamente al capitalismo.

Déjeme ubicarme ahora en el libro que vamos a comentar. Uno de esos dobles agentes de los que antes hablábamos es Antonio García Urquiola, al que usted entrevistó para Backfire. Usted viajó en su navío, el Shark. ¿Qué navío es ese, qué función realiza?

Navega en cabotaje, alrededor de toda la isla, entregando petróleo en diferentes puertos. Shark es un tanquero, pero cuando yo estuve en él no funcionaba bien del todo. Durante mi experiencia, pasé el tiempo hablando con el capitán y la tripulación, y limpiado, raspando óxido y pintando.

¿Por qué emprendió ese viaje? ¿Fue usted marino de profesión en su país, en Estados Unidos?

Nunca fui marino, casi nunca navegué, sólo con algunos ferries y a cortas distancias. Después de que terminé Backfire, los directores de la Editorial José Martí me propusieron escribir un libro sobre Cuba, vista ésta por mis propios ojos, con mi propia mirada. Se me ocurrió entonces la idea de ver a Cuba tanto desde tierra como desde el mar. Navegaría alrededor de la isla, trabajando y viendo Cuba desde el punto de vista de los hombres de mar, de los marinos. Yo quería navegar, sin ningún género de dudas, con el Capitán Antonio García Urquiola. Pensé que será interesante un libro así, que esa perspectiva era única, que nunca se había escrito un libro sobre Cuba desde esa atalaya.

Era también, desde luego, un desafío para mí. En el largo proceso para obtener permiso para esta aventura --llegué a entrevistarme con el máximo responsable cubano en temas de seguridad e ideología-- supe que ningún escritor, cubano o extranjero, había hecho una cosa así. Las autoridades cubanas, finalmente, confiaron en mí.

¿Fue el único buque en el que viajó? ¿Cuánto tiempo en total?

Navegué con tres tanqueros realizando el cabotaje (o bojeo), unas 1.450 millas náuticas. Luego quise hacer una larga distancia. Navegué entonces, en dos cargueros, hacia Europa y luego de regreso a Cuba. En total, navegué seis meses durante dos años.

¿Cuántos puertos visitó? ¿Había estado ya en esos lugares?

Alrededor de diez puertos en Cuba y tres en Europa. No había visitado la mayoría de estas ciudades antes. Era fantástico estar andando por las calles en Cienfuegos o en Santiago de Cuba con marinos cubanos buscando, si se me permite la expresión, mujeres vigorosas y ron fuerte, si lo había. La gente aprecia a los marinos, saben que hacen un trabajo vital para la nación. Ganan más que la mayoría de trabajadores y tienen entonces más para gastar.

Nunca me sentí extranjero. Ser medio cubano, ser internacionalista, es parte de mi ideología. Como he sido durante años un hombre sin país, me he sentido muy integrado en Cuba como revolucionario, igual que los demás compañeros. Es una sensación muy agradable, muy afable. Da energía.

Así, pues, usted trabajó, no viajó simplemente, en la marina mercante cubana. Su libro ofrece una visión única de la revolución, una visión desde el océano. ¿Cómo se ve a Cuba desde los mares?

Como me dijo un contramaestre (León): un barco es una ciudadela, un mundo en sí mismo. “Debes amar tu barco y el mar. El barco es tu casa, el capitán tu padre, la tripulación tu familia, el mar tu mundo”. Y es cierto. Nunca tuve antes o he tenido después una familia tan íntima, de tanta confianza. Nos cuidamos mucho mutuamente. Aunque en los barcos, desde luego, hay mucha disciplina, mucho respeto a los capitanes. Todos, los cinco capitanes que he conocido, merecían ese respeto. Casi todos los marinos cubanos se sienten muy bien siendo cubanos, y, además, en una Cuba revolucionaria, más revolucionaria en los años noventa que actualmente en mi opinión.

Yo estoy orgulloso, ellos también desde luego, de las cosas que han conseguido: los beneficios del sistema de bienestar, el internacionalismo. Aunque los marinos cubanos, como los marineros de todos los países, tienen mentalidad crítica. No les gustan nada los burócratas ni los holgazanes, y, en mi opinión, hay demasiados de ambos en Cuba. En general, las tripulaciones apoyaban el proceso revolucionario, pero veían los problemas y deseaban cambios. Querían más democracia, más poder para tomar decisiones, más flexibilidad, y más y mejor producción, sobre todo de comida.

En uno de esos viajes, usted mismo lo ha dicho antes, creo que visitaron a Europa. ¿Qué opinan los marineros cubanos de Europa?

Les gusta la eficiencia de los trabajadores en los puertos, que hace falta en Cuba. Les encanta la diversidad de productos, pero no, [en] cambio, el estilo consumista. Sin embargo, desean poder adquirir más cosas agradables y que los centros de trabajo y transporte funcionen mejor en Cuba de lo que funcionan en Europa. No están de acuerdo con muchos aspectos del sistema capitalista, pero se preguntan y preguntan por qué el socialismo en Cuba está más atrasado económicamente que el capitalismo europeo.

No había muchos, hoy aún menos, que creyeran que el boicot americano fuera la causa principal de su atraso económico. Pero, sobre todo, no dejaban de insistir en sus propios defectos. Es algo que los responsables cubanos están admitiendo actualmente. Muchos saben que la riqueza de muchos de estos países proviene de la explotación y opresión de los países del tercer mundo. Fue el caso de Cuba antes de la revolución. Aunque muchos también saben que la vida en Cuba les da más seguridad personal, más solidaridad, más apoyos para la familia y verdaderas amistades que el capitalismo, a pesar de que son más pobres en objetos y dinero. A muchos les gustaría que hubiera menos censura y más apertura de opinión. Algunos, pocos, se quedarían en el occidente rico.

¿Tuvieron contacto con ciudadanos europeos en ese viaje? En su opinión, ¿cómo se ve a Cuba con mirada europea?

Muchos europeos ven Cuba como un paraíso de sol, salsa y sexo, pero no como un paraíso políticamente. Muchas personas quieren viajar a Cuba, quieren hacer turismo, pero no quieren vivir allá. Casi todos quieren amantes cubanos. En parte, es comprensible.

Explíquenos un día a bordo del Shark o de cualquiera otro de los buques. ¿Es duro el trabajo de marino mercante?

Después de un desayuno ligero (y almuerzos fuertes), trabajaba en cubierta o en máquinas, trabajo de limpieza, golpeando y raspando óxido, pintando, muchas veces tienes que trabajar a gatas. Trabajo duro, sí, pero siempre había tiempo para conversar, para intercambiar nuestras vidas, para hablar de nuestros gustos y de nuestros problemas, de mujeres, de otros viajes, de cómo la política de Estados Unidos es tan dañina para Cuba, de los problemas del socialismo real.

A veces hice entrevistas informales; en ocasiones, tomé notas. A veces, observaba el barco y, desde el puente, el mar, que estaba precioso. Los capitanes, y también otros oficiales, al igual que los marineros, siempre tenían tiempo, me lo regalaban generosamente, para explicarme cómo funcionaban los aparatos, las máquinas, cualquier cosa. Siempre tenían paciencia. Algunas veces ocurrían cosas extraordinarias.

Creo que ustedes llegaron a capturar un tiburón gigante. ¿Qué pasó? No sería nada fácil.

Esta experiencia, precisamente, fue una de las más extraordinarias. Estaba entonces en el carguero “Rose Islands”, regresando a Cuba. Un día nos detuvimos en medio del Atlántico mientras yo estaba en cubierta junto a media docena de marineros. Teníamos problemas con la máquina. Manso, un compañero, me preguntó si quería pescar. Cogimos bobinas y fuimos hasta la popa. Lanzamos los anzuelos sobre la barandilla. Los marineros tenían un modo muy hábil de sujetar las grandes bobinas entre la barandilla y la traca. Conseguían que se mantuvieran firmes si un pez mordía el anzuelo y salía nadando. Dejamos los carretes y regresamos a pintar, a lo que estábamos haciendo. De vez en cuando alguno de nosotros iba a popa a revisar los sedales. Una vez fui yo y… ¡caramba!, vi a un animal gigante, lejos, con mi anzuelo en su boca. Con mucho sudor y no menos tiempo logré traerle cerca. Pude ver que era un tiburón, el más grande que mis compañeros habían visto hasta entonces.

No voy a revelar todo lo que pasó. Dejo aquí el relato para abrir el apetito, para que los lectores de la entrevista deseen leer mi libro.

Cambio de tema. El 27 de octubre de 1492, Cristóbal Colón y sus marinos contemplaron la bahía de Bariay. Fueron los primeros europeos en ver Cuba. Usted recuerda que Colón describió la bahía turquí y la frondosa costa, que confundió con Japón, y que dijo: “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron”. ¿Exageró Colón en su opinión?

Hay muchas tierras tan hermosas como la que describió el colonialista Colón pero, sí, Cuba es muy hermosa. Me gusta mucho contemplarla: sus llanos fértiles, sus playas serenas y espumosas, sus montañas verdes que protegieron a los guerrilleros libertadores y esconden el tocororo “que luce los colores soberanos de Cuba, obstinado pájaro nacional que prefiere la muerte a la jaula”, como escribí en mi poema, “Cuba: Tenaz Palma Real”.

Por cierto, ya que estamos con Colón, ¿qué opina usted del descubrimiento y de la conquista española? ¿Leyenda negra, leyenda rosa, un colonialismo positivo?

He estado recientemente en Barcelona y vi esa estatua pretenciosa de Colón. Pensé entonces cómo era posible que nadie la hubiera tumbado. Colón fue el máximo responsable de los viajes, dejando aparte las autoridades españolas, el que inició la invasión colonial de América Latina. Fue él quien comenzó el genocidio de aborígenes, la masacre y tortura de millones de seres humanos, a quienes los españoles no consideraban seres humanos sino simples “recursos” para su provecho. Como dijo Sigi, el primer oficial de un buque cubano: “Colón nos dejó la miseria social y psicológica, y medio milenio después esto continúa afectando a nuestros pueblos”.

¿Qué destacaría más de la experiencia que describe en su libro?

La belleza del sentimiento y la práctica de solidaridad, la camaradería; el estar junto con hombres y mujeres y sentir el calor del cariño mutuo, y también, desde luego, las sensaciones de toda la experiencia.

Finaliza usted su libro con estas palabras: “[…] Me hallo entonces refiriéndome a Cuba como “nuestro” país, y a la revolución como “mía”. No me siento en esto en contradicción con aquellos cubanos que apoyan la revolución. No hablo de las críticas; ellas son con frecuencia saludables, incluyendo, desde luego, las mías. Pero, en un análisis conclusivo, lo que cuenta es la gran pregunta: ¿De qué lado estás?”. ¿De qué lado está usted? ¿Por qué?

Yo estoy con Cuba, incluso con el gobierno que, en mi opinión, está equivocado en varios temas de gran importancia. Estoy al lado de todos los pueblos que estén invadidos u oprimidos, especialmente si lo están por el país donde yo nací. Es la esencia del ser humano, ser solidario. Sin solidaridad, no puede existir justicia o paz ni amor verdadero.

Su libro, hasta la fecha, no ha sido editado en castellano. ¿Por qué? ¿No le gustaría que alguna editorial española o americana se animara a ello?

Cuando viajé, durante el período especial, así se llamó a las medidas tomadas para poder resistir durante el difícil período que siguió al derrumbe de la URSS y de los demás gobiernos llamados socialistas, las editoriales cubanas casi no podían publicar ningún libro. Entonces, cuando había empezado a escribir sobre mis viajes, la editorial “mía” tuvo que cerrar.

Traté de interesar a otras editoriales en diferentes países, pero no logré captar sus intereses; me decían que mi libro no daría suficientes beneficios, que yo estaba demasiado vinculado con la revolución, o desde la izquierda no crítica me decían que soy demasiado crítico con el proceso cubano. Así que no terminé el libro hasta dos años después, cuando pensé que tenía que cumplir con mi deber hacia los marinos. Socialist Resistance, una organización en Inglaterra que tiene una editorial pequeña, publicó algunos cientos de ejemplares hace dos años. Mi español escrito no es perfecto.

Tuve la suerte de encontrar a Omar Pérez López, un traductor cubano excelente. Así que tengo un manuscrito listo para publicar en español. Desgraciadamente, no he encontré interés por parte de las editoriales cubanas cuando estuve allá hace un año y medio. Las editoriales no tienen la plata ni la palabra última para poder garantizar su publicación y distribución. Así que ahora estoy buscando una editorial en España.

Algunas preguntas para finalizar. Usted tiene un libro, alguno más tal vez, firmado por el que fuera presidente cubano.
¿Qué opinión le merece Fidel Castro como dirigente político?

¡Un gran hombre, sin duda, un gran dirigente! Tiene mucho talento, es muy sabio. Yo le admiro. Y como le admiro, tengo y formulo críticas, como todos hacemos con las personas que queremos. Una persona solidaria con Cuba, que no es cubano pero sí internacionalista, está obligado a decir lo que ve, lo que cree. Cuando hay problemas o errores, si de verdad ama a una persona o a un pueblo, tiene que confrontarlos con la verdad y con veracidad. Si no, se vive con ilusiones o mentiras, en tu interior y en la organización en la que estás.

Escribí en su momento un artículo sobre mis sentimientos por Fidel que se llama, “Yo y Fidel”. Se puede encontrar ahora en Tlaxcala y Rebelión.

Dígame, brevemente, ¿lo que más le gusta de la Cuba actual?

El sueño idealista que todavía existe, un sueño mezcla de Don Quijote y de marxismo. Y también de internacionalismo, como el que se ve en el cartel: “Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”.

Dígame, ahora, si fuera el caso, ¿lo que menos le gusta de la Cuba actual?

La mentira epidémica, relacionada con la mentalidad necesaria y oportunista de “resolver el problema”, acompañada por la mentalidad de “no emprender la lucha”. Y esto está relacionado con el problema más grave de todos los intentos de hacer una revolución socialista que ha habido durante un siglo: que los líderes no tienen confianza en la capacidad de clase obrera para autodirigirse.

¿Cuba podrá seguir siendo una isla socialista al lado del nada afable Imperio americano?

Bueno, en mi opinión, yo no creo que la isla sea tan socialista, pero, desde luego, lo es mucho más que los países asiáticos que todavía dicen ser socialistas. Para los yankees no importa si Cuba es socialista a los ojos de Ron Ridenour. Lo que es importante para estos capitalistas criminales de guerra es que Cuba no obedece al Imperio. Este es el pecado más grave, como los iraquíes saben muy bien, y ellos, desde luego, no eran socialistas. Lo saben también los dominicanos o los nicaragüenses... y tantos otros pueblos.

Recomiéndeme un libro sobre Cuba que no sea suyo.

Fidel Castro, Biografía a dos voces, de Ignacio Ramonet, publicado por Debate en Barcelona, 2006. No es solamente un libro sobre Fidel, sino de todo el proceso seguido durante más de cincuenta años. Y Fidel está aquí muy abierto, incluso hablando de algunos de sus errores. Se ve, también, muy claramente, la enorme ética humanista que ha abonado la ideología de la revolución cubana.

Recomiéndeme una canción cubana.

Bueno, no soy muy musical, pero la canción cubana que me más gusta es “Unicornio” de Silvio Rodríguez. Es una canción de amor, pero también se puede leer algo social en ella en mi opinión.

¿Hay libertad en Cuba?

“Libertad” es una palabra amplia. ¿Estamos hablando de libertad de expresión, de prensa, o libertad personal de escoger la vida que quiere, o libertad de simplemente sobrevivir? Al hablar de Cuba, siempre tienes que distinguir entre libertades en el sentido de derechos humanos—el derecho de existir con suficiente comida, un techo, acceso a salud y educación que hay mucho—y la libertad de expresarse, de tomar decisiones en el trabajo, en las escuelas, de la política interna y exterior—de lo cual hay muy poco.

Como ha señalado Frank José Solar, un historiador cubano que es profesor de la Universidad de Oriente (Cuba): “No se trata de un lujo, de una alternativa que podemos elegir o descartar: la democracia de los trabajadores es condición sine qua non para el desarrollo normal de una economía socialista. Sin ella, el proceso se deforma y acaba por sucumbir” (“Cuba y el debate del socialismo del siglo XXI”, www.marxist.com).

Cito esto porque los dirigentes comunistas de Cuba, incluso Fidel Castro, siempre han afirmado que el amplio ejercicio de la libertad de expresión puede poner en peligro la misma soberanía de la nación cubana y su revolución por las amenazas de los yankees. Es un dilema complicado. Yo trabajé como periodista, escritor y traductor para medios cubanos (Prensa Latina, por ejemplo) y conozco el problema y, directamente, la fuerte censura. En los últimos cinco años, debo reconocerlo, ha habido un poco de apertura. Pero, en mi opinión, no es suficiente.

¿Puedes dar algún ejemplo de esto que señalas?

No hace demasiado tiempo el partido comunista, el único partido permitido, expulsó del PC de por vida el académico Ernesto Morales. ¿Por qué? Simplemente por haber escrito la verdad sobre la enorme corrupción que existe dentro del aparato del estado. Su artículo, que ha tenido que publicar fuera del país, en un periódico progresista amigo de Cuba porque no se publican opiniones de este tipo en el interior de Cuba, describe la corrupción como un asunto contrarrevolucionario. La decisión final de quien tiene libertad de expresión y quien no la tiene es tomada por la máxima dirección del Partido. Los demás deben ir con cuidado.

No nos equivoquemos en todo caso. Nunca nadie ha sido torturado o asesinado por tener discrepancias con el aparato del Partido. No pasa lo que pasó en algunas etapas en la URSS o en otros países. No se encarcela a la gente por sus opiniones. Pero un ciudadano crítico que se mantenga dentro del proceso revolucionario, puede perder influencia, e incluso su trabajo.

¿Necesita reformas el socialismo cubano? Si su respuesta fuera positiva, ¿cuáles serían urgentes en su opinión?

Sí, se necesitan muchas reformas, y la de la libertad es una muy esencial. Pero mejor que “reformas” lo que se necesita es cumplir con las finalidades (y con la propia definición) de lo que debe ser verdaderamente una revolución socialista.

Es un asunto que requeriría un libro o más para poder ser explicado. Pero empezando ya con Marx podemos afirmar que el saber político que tenemos sobre cómo se puede o no desarrollar una revolución socialista hacia el comunismo, requiere, exige, que la clase trabajadora sea la clase dirigente. Y no de palabra, sino con hechos. Son los trabajadores los que tienen que tomar las decisiones claves y es su gobierno quien debe cumplirlas junto, y en la realidad social, con los trabajadores de la producción y de servicios y los técnicos y académicos, y demás sectores populares. Esto nunca ha sucedido en ningún país llamado socialista o en cualquier otro sistema “civilizado”, por supuesto.

Pero Cuba ha sobrevivido a las iras desatadas del Imperio. El hecho de que Cuba haya sobrevivido a la ira del imperialismo, mientras ningún otro país que haya intentado la vía socialista lo haya logrado, es un milagro político y una razón esencial para que la gente solidaria del mundo no se desilusione con el proceso cubano. El éxito de una revolución exige un desarrollo permanente que permita resolver las necesidades básicas de vivienda digna, alimentación, ropa, transporte. Si no se consigue, la gente busca soluciones en otra parte, como lo demuestra el hecho de que tantos cubanos estén emigrando por motivos económicos. Los que permanecen en Cuba están contentos de tener familiares que trabajen en el extranjero, en la tierra enemiga, porque aquellos les envían parte de los ahorros que, con mucho esfuerzo, logran alcanzar en la economía explotadora del capitalismo. No es la mejor manera de enseñar a la gente que el socialismo tiene más virtudes que el capitalismo. La gente se pregunta, ¿por qué los mejores servicios y la mejor producción provienen de los que ganan mucho dinero en moneda convertible? ¿No es esa una demostración de que la privatización de la economía, el capitalismo, es más eficaz? Para responder correctamente a estas preguntas, hay que depositar la confianza en los trabajadores, para que sean ellos quienes controlen granjas y fábricas. También, desde luego, en eliminar la odiada, corrupta e incompetente burocracia, y en impulsar un auténtico debate y un proceso de decisión democrático. La verdadera democracia es imposible sin que las masas lleven ellas mismas la batuta. Tal como algunas personas interpretan las ideas de Marx, esto no podrá llevarse a cabo antes de que el capitalismo mundial sea derrotado y eliminado para que, entonces, pueda iniciarse la construcción del socialismo por parte de la clase obrera.

La crisis económica globalizada que se nos viene encima podría ser una excelente oportunidad para que los trabajadores del mundo se olviden de cualquier solución capitalista e inicien el proceso de transformación socialista. Eso requiere sacrificio y lucha, y quienes se impliquen correrán riesgo de prisión o incluso de muerte en manos de la policía de las clases pudientes y de soldados traidores a su clase. También se necesitarán fuerzas revolucionarias preparadas.

¿Y todo esto que señala es posible en su opinión?

No es fácil. Por desgracia, desde mi lectura personal de los tiempos actuales, la mayoría de los trabajadores no están preparados. La situación es tan dura y complicada que incluso podría suceder que, para resolver sus problemas más inmediatos, las gentes trabajadoras se pasaran a la derecha, incluso al fascismo. La cultura del miedo, con sus guerras terroristas y su racismo en alza en las instituciones y entre gobiernos de Europa, Usamérica y otros lugares, podrían llevar al mundo a una nueva era fascista.

Yo creo que las recientes alianzas en América Latina son la esperanza de un futuro de independencia y de un renacimiento y de un socialismo mejor en Cuba. Pero, para ello, en los países que forman parte del ALBA, los gobiernos, con la clase obrera al frente, tienen que vaciar a los capitalistas de su poder económico y ponerlo directamente en manos de cooperativas y colectivos obreros y populares. Si no ocurre eso, estaremos ante otra ilusión, ante un paso dado a medias.

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