jueves, 15 de julio de 2010

De víctimas a gallinazos



Por: Juan Cendales

El gallinazo (1) es un ave rapaz que vive de comer en las podredumbres. Se utiliza también este nombre para referirse a los peores seres de la naturaleza. Gente sin asco. Personas de sangre fría y criminal, capaces de cualquier cosa. Capaces de todo.

Nadie pudo jamás imaginarse que a las víctimas de la guerra sucia y del terrorismo de Estado en Colombia llegara a comparárseles con gallinazos. Nadie pudo jamás imaginarse que pudiera existir tanto y tan visceral odio. Tanto desprecio por la dignidad de las víctimas. Tanto deseo de seguir matando al muerto cuantas veces sean necesarias.

La sentencia de la Corte Interamericana condenando al Estado colombiano por el magnicidio del dirigente comunista colombiano Manuel Cepeda Vargas ha provocado una reacción en cadena de los defensores de oficio y de nómina del uribismo.

Manuel era Senador recién elegido de la Unión Patriótica cuando fue asesinado hace 16 años. Fue militante de la Juventud Comunista desde muy temprana edad. Se dedicó al periodismo militante. Pasión que combinaba con la poesía, la pintura y la escultura. Durante muchos años fue Director de Voz Proletaria, el semanario del Partido Comunista.

Su asesinato fue una continuidad de los asesinatos de miles de dirigentes comunistas y de la Unión Patriótica. Como el de Jaime Pardo Leal, abogado, ex magistrado. Cuando lo acribillaron era el candidato presidencial de la Unión Patriótica. Eso fue en la campaña electoral de 1987. En la otra campaña, en el 93, mataron también al candidato de la UP. A Bernardo Jaramillo. También abogado. Entre el 87 y el 93 mataron a más de cinco mil militantes comunistas y de la UP. Volaron con dinamita varias sedes. Torturaron a centenares. Desaparecieron a miles. Provocaron el desplazamiento de otros tantos de miles. Y les arrebataron las tierras, los negocios, las reses, los cultivos.

Jamás un partido político había sido sometido en América Latina a una política de exterminio y aniquilamiento. Los asesinos eran sicarios del narcotráfico apoyados por batallones militares y estaciones de policía. También oficiales y suboficiales, como los que mataron a Cepeda. Gente que fue entrenada por agentes israelíes y armada por el ejército, las mafias y los terratenientes.

Entre los años 2000 y 2001 el Estado colombiano aceptó buscar, con mediación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA (Organización de Estados Americanos), mecanismos para construir la verdad, la justicia y la reparación ante el caso de la UP y en razón a la demanda que se instauró en la Comisión Interamericana. Es decir, el Estado colombiano bajo los gobiernos de Pastrana Arango y e incluso de Álvaro Uribe estaban dispuestos a aceptar responsabilidades y a indemnizar. Pero sólo querían hacer indemnizaciones económicas. Sólo querían pagar los muertos. Y a toda carrera. Querían eludir la verdad. Y estuvieron dispuestos a pagar con mucho, mucho dinero. Pero las víctimas y los sobrevivientes han buscado y buscan ante todo la verdad. Por eso la UP y el PCC rompieron en el 2006 el proceso de “búsqueda de una solución amistosa”. Y porque estaban matando y persiguiendo a los sobrevivientes.

Verdad conocida. La que se ha estado buscando. Y reconocida de alguna manera en la sentencia de la Corte en relación con el caso de Cepeda. El Estado es responsable directo. Por acción, no sólo por omisión. Y después del fallo sobre Cepeda vendrá el fallo sobre los otros más de cinco mil muertos, miles de desplazados, centenares de desaparecidos, torturados, perseguidos, encarcelados.

Será una sentencia implacable e inapelable.

Ellos lo saben. Y lo temen.

Por eso han lanzado desde los grandes diarios a sus perros de presa contra el hijo de Manuel Cepeda, hoy parlamentario del Polo, y contra la imagen de Manuel Cepeda.

Uno acusa a Cepeda de los más abominables crímenes. El otro se atreve a reclamar que es Cepeda quien debe pedir perdón. Y otro llega más lejos. Compara a las miles de víctimas de la guerra sucia y el terrorismo de estado con los gallinazos. Hay que acabar con ellos, dice, refiriéndose a las guerrillas, sin necesidad de gastar pólvora en gallinazos, refiriéndose así, insultante y aberrante, a las víctimas. Es decir a Cepeda, a Pardo leal, A Bernardo Jaramillo. A miles. A miles.

Mientras tanto, el electo presidente guarda silencio.


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