miércoles, 30 de diciembre de 2009

Historias chamí y katío en el centro de la ciudad. Bogotá



Radiografía del drama Embera en Bogotá
Por: Alfonso Rico Torres
Mientras demandan ayuda y muestran las condiciones de miseria en que están, Acción Social asegura que no todos son desplazados.

Menores indígenas

Varios son los menores indígenas katío presentes en el centro de Bogotá. Aquí, el rostro de dos de ellas.

Es mediodía. El sol golpea a la capital con tal fuerza que no resulta fácil abrir los ojos para ver lo que se avecina. El ruido de las motos se hace infinito en la calle 16 con carreras 15 y 16. Dos cuadras o un tanto más están inundadas con el ruido de sus motores y de la gente que comercializa con ellas. En medio de esto, un corredor.

Dirige a un segundo piso. Hay que caminar despacio pues, a pesar del acalorado día, en el interior de esta vivienda la luz brilla por su ausencia. Luego, una habitación. Por su tamaño podrían vivir allí dos o tres personas, pero no. Allí duermen 14 indígenas Embera Katío. Y hay una cama. En medio de unas condiciones de pobreza que apuntan a la miseria, niños, jóvenes, mujeres, líderes de esta comunidad y ancianos se las arreglan para convivir en un espacio reducido que a la vez es cocina y patio de ropas.

“Nos cobran 9.000 pesos por cada día que estemos aquí”, sostiene Ruperto Tequia Murrí, uno de los líderes de la comunidad Embera Katío en Bogotá, uno de los que habita en la ciudad luego de aseverar que le tocó dejar atrás todo por cuenta del conflicto armado que azota la región donde vivía. “Soy desplazado del Carmen de Atrato, en Chocó. Me vine el 8 de diciembre de 2007 y llegué el 11 de diciembre a San Victorino y me ubiqué en esta residencia. Cuando llegué tenía una platica con la que pagué arriendo y sostuve a mi familia y a otras personas, más o menos a 14. Acudí a Acción Social y a los 20 días me dieron una ayuda humanitaria, de alimentos. Al mes me dieron 1'450.000 pesos con los que compré una chaza, que es donde se venden cigarrillos, dulces y Sim Card. Con ese negocio mantengo a esas 14 personas. Y de no ser por eso estaríamos más mal de lo que estamos”.

Sin embargo, no todos han corrido su suerte. Al costado derecho del señor Tequia está Libardo, cuyo apellido ya se sabrá porque es mejor mantenerlo en reserva. Es un joven de 25 años de edad amable, sencillo y a la expectativa de contar su historia. Sentado, con la mirada casi siempre fija al piso, empieza su relato. “Llegué el 19 de junio de 2008 de Pueblo Rico (Risaralda) con mi esposa; mi hermano, que tiene 10 años; y mi cuñadita, de 7. Cuando tenía 14 años estaba estudiando y la guerrilla me reclutó. Estuve como dos años con ellos y me salí de allá. Quise estudiar, pero desde hace un año la guerrilla ha preguntado por mí, que dónde vivo, dónde estoy. Me dicen los que me comentan que han preguntado por mí que me consideran un ‘sapo’, alguien que trabaja para el Gobierno y para el Ejército. Mi idea no es ser un ‘sapo’. Sólo quiero estudiar”.

Y prosigue: “El 16 de junio de 2008 me tocó venir a Bogotá sin consultarle al cabildo, me vine por miedo (razón de peso para no regresar, así pudiera). Estar en esta ciudad es muy duro porque vine obligado. Todo es plata aquí, mientras que en el campo todo era

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