martes, 11 de marzo de 2008

LA CRISIS DE LA GUERRA URIBISTA

La crisis de la semana anterior revela el alto grado de aislamiento del gobierno colombiano en el ámbito internacional. Haber contado en la OEA solo con el apoyo de Bush y haber recibido en la Cumbre del grupo de Rio la asoleada de todos los presidentes, es un record. La enseñanza es doble: el régimen uribista no puede continuar la guerra sobre la base de la violación de los tratados internacionales suscritos por el Estado colombiano; la “doctrina Bush” de defensa anticipada, persecución al terrorismo violando la soberanía de los estados y las vergonzosas recompensas mercenarias, ha obtenido su primera derrota política en el continente.

Como de costumbre, la burbuja mediática pretende seguir escondiendo lo que pasó, cambiar la derrota en victoria. Por su parte, el gobierno intenta proseguir una escalada de represión antipopular, detenciones y amenazas como una continuación de los duros operativos militares contra las Farc. Frente a esto deben abrir los ojos las fuerzas democráticas, no dejarse intimidar ni asustar con la arrogancia oficial. Pero, la vez, no bajar la guardia. Los escándalos de la narcoparapolítica, que pasaron a segundo plano durante la crisis ganaron un respiro, de la mano de la Fiscalía. Por su lado, los grandes acumuladores de capital se sienten aliviados tras los abrazos de los presidentes.



¿Será que ahora las aguas vuelven a su curso y aquí no ha pasado nada? Las sacudidas sociales, por breves que parezcan en el tiempo, traducen los movimientos que se están produciendo en las placas tectónicas de base. La crisis en el campo internacional pone de presente la consolidación de una posición explicita y nueva de un grupo de países decisivos en el hemisferio: el tema de la paz o la guerra en Colombia no es más un asunto parroquial que la oligarquía criolla maneja a solas con los Estados Unidos. En el vecindario inmediato, Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Brasil vigilan con celo que el Estado colombiano no devenga en el instrumento de la desestabilización de los gobiernos que Washington llama “populismos radicales” y ubica como amenazas a su “seguridad nacional”. El presidente Chávez, blanco principal del odio uribista y santista, es, sin duda, un referente obligatorio para los acuerdos humanitarios. Y el Grupo de Río prefigura, de hecho, el Contadora 2 para acercar el diálogo y la negociación hacia una salida política del conflicto armado.



El debate abierto de Santo Domingo desnudó las posiciones. Uribe acusó a los presidentes de “nostálgicos del comunismo” y éstos pusieron en su lugar, uno tras otro, a Uribe. Allí no hubo empate posible. Entre tanto, un factor en apariencia secundario, desplegaba sus efectos. Las marchas multitudinarias del 6 de marzo, pusieron, a la manera popular, también en su lugar, al régimen uribista. Sin publicidad, sin “pre-pago”, sin multinacionales haciendo promociones, con muy pocos medios de comunicación, cubrieron el país. Mostraron que la homogeneidad de las encuestas no expresa la realidad compleja del pueblo. A los ojos del mundo, fracturaron el unanimismo y mostraron el país victimizado y perseguido que se levanta a favor de la verdad, la justicia, la reparación, la no continuación y la no repetición de la iniquidad reinante. El cuarto Encuentro Nacional de Víctimas de crímenes de Estado ratificó la voluntad de otro rumbo, democrático y de paz, como un rumbo posible. La unidad volverá a marchar el 9 de abril.



Jaime Caycedo

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