viernes, 16 de noviembre de 2007

Historia no contadas-propuesta y respuesta



Estimado Senador Caycedo,


Reciba un cordial saludo. Como parte de la nueva serie “Historias no contadas” de la Editorial Norma, estamos preparando una publicación sobre la historia reciente de la izquierda colombiana. La idea de este libro surgió a finales del año 2006, en medio de los afanes y tensiones que rodearon la preparación del Congreso de Unidad del Polo Democrático Alternativo, cuando se hizo recurrente en todos los análisis y opiniones el resaltar la dinámica convergente que caracteriza el actual momento de la izquierda colombiana, históricamente marcada más por los desencuentros que por los encuentros, más por la dispersión que por las dinámicas unitarias.


Un elemento central del enfoque con que se viene preparando esta publicación, es la convicción de que esta historia es una construcción a muchas manos, una obra polifónica en la que no hay protagonistas aislados ni grandes timoneles. Por ello una parte importante se basa en testimonios de primera mano sobre los hechos que se reseñan y destacan. Cerca de una veintena de personas representativas de las discusiones y procesos que se analizan han sido entrevistados. Con cada uno de ellos hemos querido profundizar en un hecho particular, dentro del cual su papel haya sido protagónico y a cuya interpretación puede aportarnos elementos e interpretaciones desde una perspectiva privilegiada.

En este marco, queremos su contribución y por este motivo le envío como adjunto un cuestionario muy corto que quisiéramos nos respondiera. Para lo cual ponemos a su entera disposición los correos electrónicos: fmillan@nuevoarcoiris.org.co o andrea_laverde@yahoo.com o si prefiere puede fijarnos una fecha y hora para realizar la entrevista personalmente.

Le agradeceríamos si nos pudiera responder lo más pronto posible, y si nos puede confirmar que ha recibido este email a este correo electrónico.

Para mayor información o para concertar la cita puede llamarnos al 5708212 o 3102545962 (Andrea Laverde).


Agradecemos su gentil colaboración.

Cordialmente,

ANDREA LAVERDE



RESPUESTAS DE JAIME CAYCEDO, SECRETARIO GENERAL DEL PARTIDO COMUNISTA COLOMBIANO, MIEMBRO DEL COMITÉ EJECUTIVO DEL PDA Y CONCEJAL DE BOGOTÁ.


¿Cuáles son sus recuerdos sobre el proceso de paz de La Uribe y sobre la experiencia de la Unión Patriótica, desde la perspectiva de un militante comunista?

El proceso de paz de La Uribe no surgió espontáneamente solo de la buena voluntad de un sector de la burguesía colombiana. Es el resultado de cambios en la arena internacional que colocaban en un nuevo nivel el conflicto este-oeste (guerra de las galaxias versus perestroika); despegue global de las contrarreformas neoliberales; crisis del reformismo en los países socialistas y reorientación a la derecha de los modelos socialdemócratas euroccidentales. Y es el resultado de cambios internos: la disposición de un sector de la burguesía; la decisión de las Farc de abrir la perspectiva de una solución política, en abierta diferencia con otros sectores del movimiento armado (m19, ELN, EPL); el importante desarrollo del movimiento de los derechos humanos y las libertades ciudadanas que se expresaron en los Foros nacionales.

La Unión Patriótica surge como un movimiento político vinculado a un proyecto de solución política negociada, por la vía del diálogo y de la apertura a la intervención pública de sectores desmovilizados en unidad de acción con sectores de la izquierda. Por vez primera en la historia nacional se crea una fuerza política cuyo programa es alcanzar la paz en estrecha relación con las reformas políticas y sociales destinadas a modificar elementos estructurales en crisis de la sociedad y el Estado. Pone en movimiento fuerzas que habían permanecido al margen de la actividad sociopolítica, del activismo sindical, de la intervención regional en la vida pública. Liberar esas fuerzas, especialmente en regiones y departamentos dominados ancestralmente por el clientelismo bipartidista y su variante entonces naciente, el neogamonalismo narcoparamilitar, íntimamente vinculado a la táctica contrainsurgente del conflicto de baja intensidad (CBI), es el pretexto que desencadena la furia restauradora de la guerra sucia. La guerra sucia es una contrarrevolución preventiva dirigida a destruir local y nacionalmente una oposición que el régimen intuye como estructuralmente alternativa. La fuerza de maniobra operativa es, principalmente en esta fase (1984 – 1994), las fuerzas militares del Estado. Las clases dominantes, el militarismo y el imperio buscan un nuevo “enemigo” en quien legitimar el exterminio interno y la creciente presión estadounidense por intervenir más de cerca en la situación colombiana. En el umbral que marcan los años 89 a 91, la conjunción de los factores mundiales e internos favorece ese viraje. El movimiento popular de masas es reducido a la defensiva. Las políticas neoliberales entran de lleno en la escena nacional. Estados Unidos logra poner en marcha a comienzos de la década del 90 la estrategia que integra la inteligencia de guerra y el paramilitarismo como elementos centrales que se condensan en las “convivir”.


¿Qué valoración hace sobre el impacto de esos acontecimientos en los debates y prácticas de la izquierda en ese período?

Los efectos para la izquierda son contradictorios. De una parte, sectores del movimiento guerrillero entran en un proceso de negociación para la reinserción. El punto de amarre, es la Constituyente, C/91. Es el intento de salida a una doble dificultad: los magnicidios de candidatos presidenciales con opción de alternativa fomenta la incredulidad popular en el régimen tradicional y alimenta la expectativa de cambios; la guerra sucia parece generalizarse para cerrar cualquier camino de reforma o cambio. La C/91 abre una posibilidad de modificar aspectos caducos del ordenamiento institucional y de ofrecer salidas laterales de significación: v gr. el fin del estado de sitio permanente, la justicia penal militar, el artículo 28 sobre retenciones arbitrarias, etc.

De otra parte, el régimen asume la C/91 como un punto de viraje selectivo hacia la paz. A partir de allí, quienes desde los movimientos insurgentes no entraron en este escenario son ahora el “enemigo” a combatir. Vendrán los nuevos momentos de diálogo en Caracas y Tlaxcala. Pero el nuevo modelo de la guerra bajo excusa antinarcóticos ha tomado cuerpo. El ministro de defensa civil, Pardo Rueda, habla de la “guerra prolongada”. César Gaviria ensaya los lineamientos del plan nacional contra la violencia que busca el compromiso de la sociedad entera con el Estado, la defensa del Estado, agredido por fuerzas delincuenciales desatadas y coludidas. El Estado inocente, el Estado “víctima” se exonera de responsabilidades en las violaciones de los DDHH. Un nuevo actor entra en escena. Reemplaza el protagonismo incómodo de la fuerza pública en la represión subrepticia y la criminalización de la inconformidad social. Es el narcoparamilitarismo en sus primeras versiones. Es un paramilitarismo subsidiario de la inteligencia militar y de los narcotraficantes, especialmente del cartel de Medellín.

Una parte de la izquierda que proviene de la reinserción guerrillera empieza a separarse de sus antiguas posiciones políticas. Adhiere a la ficción de democracia derivada del Estado ampliado que surge de la C/91. Para algunos la nueva constitución es el nuevo paradigma que define a Colombia como país civilizado y democrático. Es el punto de llegada de todo cambio o reforma posible o tolerable. La izquierda de raíz y experiencia ortodoxa, que sobrevive a los durísimos golpes de la guerra sucia, se cuida de sucumbir a tales cantos de sirena. El costo es muy alto frente a la violencia del régimen. Pero esa resistencia representa una experiencia de enorme valor para enfrentar las nuevas derivas del régimen.




¿Cómo analiza esos acontecimientos, desde la perspectiva de los actuales debates y desafíos que enfrenta el Polo?

Fueron el primer ensayo de una salida de la crisis nacional de carácter histórico por vías que entremezclan la búsqueda de acuerdos políticos, más concretamente, Tratados de Paz o Acuerdos de Paz entre adversarios no derrotados y cambios institucionales a través de una nueva constitución. Estos ensayos son importantes porque muestran que iniciativas novedosas son posibles.

La experiencia muestra que hasta ahora la paz no fue posible. Pero la guerra sucia no pudo borrar a la izquierda del panorama nacional, de la lucha social ni de la acción política.

En las condiciones de una fuerza como el Polo, otras opciones pueden ser factibles. Siempre y cuando se entienda que “lo que no hizo la Unión Patriótica aún está por hacer”, parafraseando a Martí en torno a la obra de Bolívar. Esto es aplicable a la política de paz, a la búsqueda de un camino pacífico para reorganizar la vida social, sobre la base del respeto a los derechos fundamentales, las libertades y garantías. Es aplicable, asimismo, a las reformas sociales, especialmente la reforma agraria, incluida la terminación del predominio terrateniente en las relaciones agrarias y el rescate del campesinado, como categoría social.

Pero tiene nuevos retos: poner fin al modelo neoliberal, por ejemplo. Plantear estrategias que saquen provecho de nuestras ventajas geopolíticas, de recursos naturales y biodiversidad. Un nuevo modelo de desarrollo que mire hacia adentro, a la potenciación de lo humano, lo social y lo cultural. Que piense en los seres humanos, en su crecimiento y desarrollo, antes que en el capital. Que piense que nuestro desarrollo se fortalece con los recursos e iniciativas convenidas con los vecinos que comparten fronteras y recursos, fortalezas y potencialidades. Colombia es importante para la región andino-amazónica, para América del Sur, para América Latina. La unidad y la integración son parte de una estrategia necesaria y liebradora.

Y tiene el reto más importante: alcanzar la paz democrática, es decir, la paz con soberanía y con justicia social. El Polo tiene que retomar, sin vacilación, la bandera de la paz. La paz es imposible por fuera de la democratización de la sociedad y del país. No hay paz posible con guerra sucia o con amenaza de repetición de la misma. No hay paz posible sin verdad, sin justicia, sin reparación, sin garantía de no-continuación y de no-repetición. La reconciliación no puede consistir en hacer aceptable la desigualdad más atroz, los privilegios de impunidad para los amigos del capital y de los terratenientes, y las migajas para las víctimas.

Por eso el Polo no puede pensar que su tarea es continuar la guerra interior desde un gobierno suyo, como sugieren algunos. No es concebible una contrainsurgencia de izquierda. La tarea del Polo es la paz y la lucha contra la desigualdad. Tal vez eso si lo acerque al socialismo en el siglo XXI.