viernes, 5 de octubre de 2007

Defender y consolidar el Polo


El Polo refleja un proceso de unidad que es fruto de la convergencia y la voluntad política.
Por Jaime Caicedo Turriago

El heroísmo de las resistencias populares y la lógica de la lucha de clases abren una brecha en el cerco de la antidemocracia. Es más lenta y compleja la formación de una nueva conciencia. Lo muerto se come lo vivo, decía Marx. Los fantasmas del pasado rondan y azuzan a los mortales. Por eso no es extraño que los pasos hacia adelante engendren temores y hasta arrepentimientos.
Veamos las cosas. El problema del uribismo es que tras cinco años de gobierno no resuelve la crisis nacional. El prospecto hacia adelante, incluida una segunda reelección presidencial, no pinta fácil. No derrotó ni menos tiene en perspectiva la paz con la insurgencia. Pero, además, no logra impedir el reagrupamiento de la creciente oposición democrática. Suple su desprecio por lo social con la demagogia de los microsubsidios financiados por el Banco Mundial y el recorte a las transferencias. Con ello, más la represión y el Plan Democracia (léase militarización electoral) intenta remontar el descrédito de la "narcoparapolítica" en los comicios de octubre.
A su vez, las alternativas burguesas de clase vacilan entre el temor al régimen del Estado Comunitario y el pánico ante la insurrección popular, que el propio sistema muestra ni más ni menos que como la disolución del país. Conforman un espacio intermedio que algunos califican de “centro” político. Acercarse al centro, se postula como lo razonable. Como postura el centro rechaza cierto paramilitarismo pero acepta la ‘seguridad democrática’, línea definitoria de la política de clase del Establecimiento.
Actuar por convicciones
El Polo se ha convertido, de hecho, en el eje de la oposición democrática y la opción alternativa alcanzable a los ojos de la lucha popular. El régimen lo ve como un enemigo a contener a tiempo. En las regiones le lanza los perros de presa del narcoparamilitarismo recompuesto. Presidente, ministros y asesores inventan a diario toda clase de falsedades para desprestigiarlo.
Sin embargo, la confrontación estratégica se la reserva al proyecto de cambiar los objetivos democráticos de la oposición por una actitud conciliadora aceptable para el régimen. El chantaje consiste en decir: o es esa “oposición mansa” o su destino es el de la Unión Patriótica. Otros evocan la inefable “nueva izquierda”. Todo el Establecimiento hace coro para dar lecciones de sensatez.
¿Qué hacer? Para Uribe que alineó en torno al odio de clase y la justificación
de la guerra sucia a una elite ávida y sin escrúpulos, la Unión Patriótica fue
diezmada por “combinar las formas de lucha”. Pacho Santos complementa que
eso ocurrió en un cruce de tiros entre narcotraficantes.
Estas falacias hacen carrera, incluso en sectores de la izquierda. Se busca
minimizar el hecho que la guerra sucia haya sido parte de las políticas de Estado.
Por más de 20 años estas denuncias han mostrado que existe una responsabilidad del Estado y de la oligarquía al mando en el terrorismo del poder. El propio Uribe tuvo que ver con la “operación retorno”, combinada con mandos
militares, empresarios, paras y Chiquita Brands en Urabá. Asombra que un
debate de la trascendencia del paramilitarismo en Antioquia termine con un llamado al “acuerdo” y la “conciliación”, una especie de perdón y olvido, cuando
lo que se reclama es un cambio político de fondo que ponga fin a la antidemocracia.
La Unión Patriótica fue agredida por que auspiciaron el paramilitarismo, de la mano de la CIA y del Mossad israelí. No por adelantar una guerra armada
contra el Estado, sino por ser un movimiento democrático con respaldo
de masas que ponía en tela de juicio la hegemonía electoral y la influencia política
del viejo gamonalismo bipartidista en regiones muy importantes del país. Asustar al Polo con el fantasma de la guerra sucia es de suyo una agresión inadmisible,
contra la cual hay que convocar al pueblo colombiano y la comunidad internacional.
Carlos Gaviria: vocero de la unidad
¿El punto de las definiciones tiene que ser hoy la posición frente a las FARC? Para la seguridad ‘democrática’ allí está el fondo de los problemas del país. Uribe y sus ministros no vacilan en señalar a sus opositores como “guerrilleros vestidos de civil”, la misma frase con que el paramilitar Carlos Castaño justificaba la infinidad de masacres de las que fue autor. Son inaceptables los montajes cotidianos contra el presidente del Polo, maestro Carlos Gaviria, agenciados desde el Gobierno, por personajes como el Ministro de Defensa.
El objetivo de centrar el ataque contra Gaviria busca, conscientemente, fragilizar
la unidad del Polo, forzar su renuncia, justificar una crisis. Hacerle el juego a esa idea, a nombre del relevo generacional en la actual coyuntura es algo fuera de foco. No se alteran los liderazgos espontáneamente. Apoyar a Gaviria es una actitud política. Deben cesar las amenazas a los dirigentes, parlamentarios,
activistas y candidatos, a los perseguidos y judicializados en un proceso
electoral donde las garantías escasean o no existen en varias regiones.
No equivocar el contrario en la lucha política y social
Plantear que el Polo debe definirse en su actitud frente a las FARC es un distractor, una cortina de humo y un pretexto para eludir el debate de fondo frente a la política del régimen, no sólo sobre la persona del Presidente, sino todo el andamiaje de intereses privados, privilegios, tropelías, arreglos mafiosos y militarismo que enmarcan su Gobierno. Es equivocar medio de la batalla electoral en donde la oposición g ana respaldo popular.
Pero, sobre todo, es eludir el debate sobre el compromiso de la oposición frente a la guerra, convertida en política de Estado como pretendida seguridad ‘democrática’. Y, sobre todo, frente a la paz necesaria. Esa paz que deberá suscribir el Estado, en algún momento de la historia próxima, con las FARC, el ELN y el EPL, como parte de un nuevo pacto social para la construcción de una sociedad democrática que renuncie definitivamente al terrorismo de Estado, la violencia, la represión y la criminalización de los opositores políticos y sociales.
No es cierto que en el Polo existan corrientes o fuerzas políticas que azuzan
la guerra. Sugerirlo como señalamiento contra partidos que están comprometidos
con la unidad y lo han demostrado a lo largo de una historia, denota una actitud insidiosa que pretende obligar por la fuerza a su disolución. Sería volver atrás en los acuerdos esenciales que conforman el proceso de convergencia política que es el Polo.
El Polo con la solución política
Nadie en el Polo piensa que la salida a la situación actual sea el ahondamiento
de la guerra. Por el contrario, las fuerzas avanzadas trabajan por una paz con
justicia social, esto es, una paz democrática que ataque las causas sociales,
culturales y políticas de la guerra. Entendemos la paz democrática como la
superación de un pasado en donde una parte de la sociedad, especialmente agraria, no tuvo otra alternativa que alzar se en armas contra un régimen de intransigencia, de violencia de clase, de odio macartista y terrorismo enmascarado de legalidad.
Se puede negar esta realidad histórica, como lo hace el Gobierno, se puede “condenar” la lucha armada, sin que eso cambie un ápice de la situación
real. De lo que se trata hoy es de superar el espacio de la historia viva de Colombia donde ese fenómeno se tornó en una realidad objetiva. ¿Cómo lograrlo? Es un tema que el movimiento democrático no puede eludir.
¿Es ello posible? Definitivamente sí. Sólo hay una vía: la solución política,
la negociación, el diálogo, la identificación de problemas de las mayorías populares por resolver. ¿Puede un gobierno del Polo aportar a una solución política? Definitivamente sí. Produciendo reformas sociales de fondo, lo que no excluye el diálogo, sino, por el contrario, lo presupone. En lo inmediato, hay que
apoyar y acompañar los acuerdos humanitarios. Máxime cuando amigos, como
el presidente Chávez, prestan su concurso junto a otros presidentes.
Defender y consolidar la unidad
El Polo refleja un proceso de unidad que es fruto de la convergencia y la voluntad
política. Sus diferencias internas se resuelven con franqueza y madurez. Se ha superado de momento un escollo: un debate importante y necesario que se
introduce en un momento de tensión de la lucha electoral.
Dos elementos a rescatar. Uno, no se puede pretender cambiar caprichosamente la r elación de fuerzas sin acudir al constituyente primario. Dos, hay que actuar con optimismo: la experiencia enseña que en la batalla política real la intervención popular construye la unidad en profundidad, la unidad del pueblo.
Lo mostraron la consulta de marzo de 2006, la votación presidencial
y la consulta en Bogotá, en julio de 2007.

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